Extraño a los zombies

zombie vudú

Tenía unos quince o dieciséis años cuando vi la película “El regreso de los muertos vivientes 2”. Me sentía una “niña grande” porque mis tíos me llevaron al cine con sus amigos; y así, en medio de toda la ilusión y hormonas adolescentes, tuve mi primer contacto con seres semi podridos que salían de sus tumbas en busca de cerebros para comer. Aún en ese momento, me pareció más una comedia romántica que una historia de terror, pero ese es otro tema. El caso es que ese día conocí lo que hoy se llama en todas partes “zombie”.

Pues bien, señores, con todo el respeto que me merece esa peli, Walking Dead, el vídeo de Thriller de Michael Jackson y Guerra Mundial Z, de Max Brooks, esos no son zombies. Oh, no.

¿Sabéis dónde conocí el primer zombie de verdad? En la película La serpiente y el arcoíris (Wes Craven, 1988). Una de las pocas películas de terror que realmente me dejaron angustiada. Os comparto el tráiler:

https://www.youtube.com/watch?v=MiJFqOiorzg

Os haré una pequeña confesión: los zombies de verdad son la única criatura sobrenatural que me da miedo. ¿Comer cerebros? ¡Anda ya! Eso es un dulce destino comparado con lo que los zombies creados con ritos vudú tienen que enfrentar.

La literatura habla de seres que son inmortales como resultado de un ritual en el que un brujo ha atrapado su alma en un frasco, sellado con plumas y sangre de un gallo sacrificado durante la ceremonia. Mientras esta permanezca prisionera, el ser, carente de voluntad, de deseos y de humanidad, obedecerá a su creador, sin posibilidad de ser liberado a menos que el recipiente que contiene su esencia se rompa y consiga la dulce liberación de la muerte.

En textos más mundanos se habla de drogas desarrolladas en antiguas culturas africanas, posteriormente llevadas a América en tiempos del tráfico de esclavos, que alargan la vida, reducen las necesidades vitales a mínimos y anulan la conciencia. No muy diferente a las drogas que conocemos, si lo pensamos bien.

Pero, por alguna razón, el hecho de que exista en el mundo alguien capaz de convertirme a mí, en zombie, ya sea con gallos desangrados o con polvos hechos con cartílago de lagartija, me inquieta. Incluso el autor mexicano, MarcoA. Almazan, cuya especialidad era la comedia, me hizo sentir intranquila cuando hablo de su breve contacto con una sacerdotisa vudú en Haití en su libro La vuelta al mundo con ochenta tías (nada que ver con nuestro género).

Pero lo cierto es que echo de menos sentirme inquieta por un relato de terror. Echo de menos a los zombies de verdad, aquellos de los que Robert E. Howard escribió en Las palomas del infierno (Pigeons of hell), y sobre todo, añoro los tiempos en que alguien entendía cuando le hablaba de mi miedo a los muertos vivientes, porque ese alguien sabía que no me estaba refiriendo a Walking Dead. Es decir, queridos lectores, que deseo que se recuerden y se respeten a los zombies de verdad.

Por ello, mi siguiente post irá dedicado estos seres, su origen, el misterio que les envuelve y, por supuesto, algunas recomendaciones de lectura.

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