Lovecraft juegos de rol

Terror y juegos de rol: hora de gritar

En noviembre pasado perdí mi virginidad… en lo que a juegos de rol se refiere. Se trataba de un mundo fantástico medieval creado por nuestro talentoso y paciente master, Quentin, que dirigió con valor y entereza a una banda de principiantes alcoholizados. Él está ahora en un lugar mejor (en Francia, para ser exactos), pero yo me quedé enganchada, y quiso la suerte que encontrara una nueva dinámica de juego. Y es así como perdí mi segunda virginidad jugando La llamada de Cthulhu con un nuevo, y también paciente, master, Pablo, y un grupo de abstemios (ahí él tuvo más suerte que Quen) muy animosos.

No me acuerdo cuando fue la última vez, o siquiera si hubo una primera, que grité a causa de una historia de terror. Quizás un “aggghh”, un “uhg”, un “ay, no”, como mucho. Pero ayer, durante la partida, grité no una, sino dos veces. Y cuando se fueron (la partida fue en mi casa), mis compañeros de juego dejaron algo más que las sobras de la cena: me pasé el resto de la noche imaginando (o no) sombras furtivas. Casi me da un infarto cuando uno de los gatos tiró el rollo de papel de cocina, y estoy bastante segura de que alguien susurraba mi nombre en la oscuridad (que os cunda por dejarme sola, Júlia, Coralí, Alejandro y Lorenzo).

Todo eso, desde luego, me llevó a preguntarme la razón de ese desasosiego, tan poco frecuente en mí. Luego de descartar que estuviera perdiendo cualidades, decidí que el secreto está en que ayer yo no estaba leyendo cosas que le pasaban a una tercera persona, ayer era yo (o, al menos, una versión de mí) la que caminaba por los pasillos de la casa más embrujada de Estados Unidos. Ayer yo no era Ana ni tenía demonios a mi lado. Era Syl, una médium con poco tacto que hizo cabrear a más de un fantasma, y que mantuvo la cordura gracias a que la suerte la acompañó en algunas tiradas de dados.

Después de una profunda reflexión (y un Trankimazín de 50), llegué a la conclusión de que la vivencia en primera persona es, sin duda, la única forma de alcanzar este nivel de intensidad. Creo que, como fan de la literatura de terror, la experiencia de convertirse en protagonista es recomendable, y hasta necesaria. Me ha dado una nueva perspectiva del miedo irracional, y me ha hecho sentir una ganas locas (locura de muerte y sangre) de escribir esa historia de vampiros ingleses victorianos que hace tiempo que me ronda en la cabeza. Y estará dedicada a todos aquellos que me acompañaron en mis primeras experiencias roleras.

Y a vosotros, queridos y no tan asustadizos lectores, os aconsejo que os unáis a un grupo de juego de rol, que entréis en una casa embrujada o, mejor aún, en una capilla oscura donde se esconde el horror que vive en la oscuridad, que os atreváis a cerrar la cajita y a dejar escapar todo lo que vive en ella, y que quizás os alcanzará a través de la ventana cerrada (mi cuento de Lovecraft favorito ¿sabéis cuál es?).

Eso sí, cuidad al master, no lo hagáis desesperar, especialmente si conseguís uno tan bueno como los míos.

Que los demonios estén con vosotros. Os dejo, creo que veo una sombra en el pasillo oscuro. Voy a ver qué es. Nada puede salir mal, ¿verdad, Nathaniel?

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