Pesadillas con efecto Droste

Pesadilla Johann Heinrich
Las pesadillas inspiran arte

Cuando se es escritor/profesor/editor/corrector/cantante/estudiante de alemán/ lo que haga falta, a veces el tiempo escasea. La gente que vive como yo tiene que hacer malabares con las 24 horas que tiene el día, y por lo mismo, se sienten culpables por las inevitables horas que tienen que dedicar al sueño. Pero yo no, porque tengo la desafortunada fortuna (un término encantador donde los haya) de sufrir pesadillas con cierta frecuencia, y lo único que me consuela al despertar sudorosa, agitada y con los ojos de tres gatos clavados en mí (uno de ellos negro, pro supuesto), es pensar que podré convertir esta experiencia en una historia terrorífica.

Que nadie me malinterprete, no soy masoquista, no me gusta tener pesadillas, pero soy de las que piensa que, si la vida te da limones, es para defenderse a limonazos de los obstáculos que surgen.

Mi sueño más recurrente es el mar. Hasta ahí bien. En general las cosas empiezan bien, un paseo por la playa con familia o amigos; pero entonces, la marea empieza a subir de forma alarmante y comienza a inundarlo todo. A veces también hay olas gigantes, aunque nunca llego a ver el efecto devastador, solo el mar ocupando el sitio que antes correspondía a la tierra.

Recuerdo cuando fui a ver la película “Más allá de la vida” (Clint Eastwood, 2010, no es uno de sus mejores trabajos), las imágenes del tsunami me impactaron mucho, no por la destrucción, sino porque me di cuenta que eso ya lo había visto antes en mis sueños (espacio para escalofríos).

Pero las pesadillas que realmente me dejan intranquila (y por lo tanto, las mejores candidatas a convertirse en un relato) son las que tienen “efecto Droste”, concepto aplicado a una imagen que incluye dentro de ella una versión de menor tamaño de sí misma, la que a su vez incluye en un lugar similar una versión aún más pequeña de sí misma, y así sucesivamente (Dios bendiga la Wikepedia).

En las pesadilla que he decidido llama así, sé que estoy soñando y me despierto en lo que parece mi habitación, pero algo está mal. No sé si estoy despierta, así que he aprendido un truquito: para comprobarlo, intento encender la luz de mi lámpara de noche. Si no se enciende, estoy soñando. (y conste que yo hacía eso mucho antes de que la película Origen <Christopher Nolan, 2010> existiera). El caso es que he llegado a tener hasta tres “falsos despertares”, y suelo sentirme desesperada, porque todo lo quiero es abrir los ojos de verdad.

Creo que, hasta el momento, la peor pesadilla que he tenido ha sido una en la que despertaba y la luz, de hecho, se encendía. Entonces me levantaba a la cocina y, por el camino, un amigo, que por entonces estaba quedándose en casa unos días, salía del baño. Hasta ahí todo normal. Un saludo somnoliento y él continuaba su camino hacia la habitación de invitados. Entonces yo entraba a la cocina y ¡ahí estaba él! Aún hoy me estremezco un poco al pensarlo, era tan real. Confusa, le decía a mi amigo que había alguien en su habitación igual a él. Medio sonriendo, medio incrédulo, se dirigía hasta la puerta y la abría mientras declaraba “Aquí hay locos”. Giraba el pomo… y entonces me desperté. Me desperté de verdad. Y no volví a apagar la luz en tres días.

Sí, a veces dormir me resulta agotador, pero productivo.

Tiene que serlo, la factura de la luz crece con cada una de mis aventuras oníricas.

¿Qué me decís vosotros? ¿Cuál ha sido vuestra peor pesadilla? ¿Os gustaría verla convertida en un relato de terror?

¿Qué te ha parecido?

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