Vampiros sin personalidad

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El Drácula al que Gary Oldman dio vida

El vampiro enamorado vs. el objeto del terror

Vampiros. Los adoro. Me gusta especialmente la película Bram Stoker’s Dracula (Francis Ford Coppola), pero he de reconocer que esa imagen del ser atormentado y condenado por un amor perdido está muy alejada de la que el escritor irlandés pretendía transmitir. De hecho, el más famoso de los vampiros no puede siquiera considerarse un personaje en la famosa novela. Es apenas un objeto alrededor del cuál de desarrolla la acción. Una encarnación del mal como cualquier otra, que saca lo mejor (y lo peor) de cada uno de los caracteres que intervienen en la historia.

Los que hemos tenido la suerte (y la paciencia, todo hay que decirlo) de leer la novela, nos hemos encontrado con una serie de diarios, recortes de noticias, cartas y otras herramientas que la narrativa de género epistolar utiliza. No por ello resulta menos escalofriante.

Coppola nos ha regalado a un Drácula más humano, capaz de amar y despertar bajas pasiones en la dulce y pura Mina. Stoker, en cambio, nos obsequia con lo que yo siempre he considerado terror de verdad: las brasas de nuestra propia imaginación, avivadas por el miedo y el odio de los personajes que ha creado.

Es esta la forma en que yo entiendo el terror. Es esta la forma en que lo escribo.

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